Doña Ignacia y su destino

Ignacia: joven y bonita, de buen cuerpo –muy agraciada- tenía un defecto en especial: era infeliz.
Teníamos tres años, dos meses y dos días, recuerdo que apenas éramos dos chiquillos incipientes de la vida dura, aún pensando en qué carrera íbamos a tomar con mucha inseguridad, desistiendo a las áreas más odiosas de nuestras vidas.
Ignacia: 17 años, decidida, atrevida, inteligente. Yo: Mario Arlequín, deseoso de aventurar como ella, de tener la experiencia que ella tenía en ese entonces... a veces envidiaba su vida, sus padres, su buen trato con la sociedad... pero ella detestaba esa vida.
Un día escuché algo que no deseé escuchar jamás... algo que hubiera querido que no pasara nunca...
Estando yo con ella, sentados en la orilla del mar, Ignacia me toma de la mano, y luego de un beso apasionado me dice:
- Tenemos ya tres años... es increíble.
- Así es... y no me arrepiento de nada.
- Sin embargo...
Ignacia se puso de pie, y dándome la espalda continuó:
- No soporto mi vida sin ti, Mario. Mis padres son demasiado intransigentes, ellos quieren que desista de nuestra relación.
- ¿Desistir? Pero... ¿tú quieres eso?
- ¡Claro que no! Jamás me arrepentiría de esto... he llegado a una conclusión.
Era cierto... la amaba demasiado, ¿no es obvio? Estaba totalmente- perdidamente- enamorado de todo lo que había en ella, tal vez era lo mejor que tenía en esta vida.
- ¿Conclusión?
- Vayámonos de aquí, Mario.-continuó desesperada.- Vayámonos lejos... donde nadie pueda encontrarnos.
Quedé estupefacto, totalmente idiotizado de sus palabras. Lentamente me separé de ella y di unos cuantos pasos atrás...
- ¿Irnos? ¿Adónde nos iríamos?
- No lo sé... pero si me amas ¿por qué no irnos, por qué no empezar juntos una nueva vida?
- No puedo...perdóname.
Como era de esperarse, Ignacia enfureció... me miró con rabia, como si en el fondo de su corazón su odio pudo más que su amor. A continuación, me empujó como desahogándose, como si quisiera hacer más que lastimarme.
- ¡No te quiero volver a ver! Está bien ¿no quieres, verdad? ¡Entonces yo me iré sola!
Sus palabras hirientes hicieron que me ponga a llorar cuando ella se fue. Ignacia, la mujer que había amado era ciegamente terca por su decisión absurda, sabía que ella era capaz de irse, pero no sabía si ella sobreviviría a su fatal decisión.
No quiso verme jamás. Los días pasaron y ella no más volvió a reclamar por mí. En la escuela me limitaba a hablarle, pues sabía que me insultaría o se burlaría delante de mis amigos por ser “cobarde”. Por muchas semanas lloré entre mis sábanas, lamentándome por haber tomado mi decisión, convencido de que si le decía que sí, todo hubiera sido diferente. Enflaquecí, y después de muchos meses de depresión, determiné que estaba dañándome a mí mismo, y cambié.
Los años fueron pasando, y en memoria de Ignacia logré muchas cosas: terminé una carrera, compré un departamento con el buen sueldo que gané, más adelante me casé con una buena mujer, y así pasaron diez largos años de mi vida... sin Ignacia.
Mas un día, cuando menos lo esperé, decidí sacar a mi pequeño hijo a conocer la vida que personas paupérrimas tenían, y para ello tuve que subir a una combi, aquellas cual ruta llevan a mi hogar.
- Pasaje, pasaje...
Era una obesa mujer, olía muy mal, tenía el cabello maltratado y su ropa era igual a la del conductor. Mis ojos no podían creer lo que estaba viendo. Fue como si todos estos años de mi vida, la imagen que tenía de esa persona era partida en dos, y cambiada por lo que estaba viendo en esos instantes.
- ¿Ignacia?
Casi me da un ataque cardiaco. La bella Ignacia que conocí hace muchísimos años... ¿una cobradora de combi?
Ignacia respondió a su nombre, me miró como si tratase de reconocerme y al lograrlo bajó la mirada.
- Pasaje...
Volví a preguntar su nombre, y pese a mis fallidos intentos, en uno de ellos me miró fijamente.
- Pero... ¿qué haces aquí?
- ¿Eres el Mario Arlequín?
- Sí.
Vi su gesto vulgar, le faltaba un diente, su tosquedad al darme una palmadita en la espalda me hizo asustar.
- ¡Qué bien que estás! Eres más guapo, más elegante me supongo.
- ¿Cómo te va en la vida, Ignacia?
- Ah... ya me ves. El de adelante (refiriéndose al conductor) es mi esposo. Ahora soy Doña Ignacia, ¡jajaja! ¿Y qué fue de tu vida... te han tratado bien?
- Pues sí... no me puedo quejar. Hace muchos años que no te veía.
- Claro... es que me fui de esa casa de mier..., y poco después conocí al Quique, que a los dos o tres meses me embaracé, y ya me ves.
Sentí una profunda lástima por ella... pensar que antes ella era adinerada, y terminar siendo una “pobre diabla”, sin “un perro quien le ladre” como dice ahora.
Ya por finalizar nuestro viaje a casa, Ignacia me dio su número de teléfono y su dirección. Jamás la volví a llamar... no volví a pensar más en ella.
Mi mente la había dibujado como una hermosa mujer, más joven, con una profesión y un buen destino por delante... imaginármela ahora con tres hijos y obesa, era difícil de superar... y muy doloroso.
Entonces tomé a mi hijo de la mano y caminé horrorizado a casa.
Teníamos tres años, dos meses y dos días, recuerdo que apenas éramos dos chiquillos incipientes de la vida dura, aún pensando en qué carrera íbamos a tomar con mucha inseguridad, desistiendo a las áreas más odiosas de nuestras vidas.
Ignacia: 17 años, decidida, atrevida, inteligente. Yo: Mario Arlequín, deseoso de aventurar como ella, de tener la experiencia que ella tenía en ese entonces... a veces envidiaba su vida, sus padres, su buen trato con la sociedad... pero ella detestaba esa vida.
Un día escuché algo que no deseé escuchar jamás... algo que hubiera querido que no pasara nunca...
Estando yo con ella, sentados en la orilla del mar, Ignacia me toma de la mano, y luego de un beso apasionado me dice:
- Tenemos ya tres años... es increíble.
- Así es... y no me arrepiento de nada.
- Sin embargo...
Ignacia se puso de pie, y dándome la espalda continuó:
- No soporto mi vida sin ti, Mario. Mis padres son demasiado intransigentes, ellos quieren que desista de nuestra relación.
- ¿Desistir? Pero... ¿tú quieres eso?
- ¡Claro que no! Jamás me arrepentiría de esto... he llegado a una conclusión.
Era cierto... la amaba demasiado, ¿no es obvio? Estaba totalmente- perdidamente- enamorado de todo lo que había en ella, tal vez era lo mejor que tenía en esta vida.
- ¿Conclusión?
- Vayámonos de aquí, Mario.-continuó desesperada.- Vayámonos lejos... donde nadie pueda encontrarnos.
Quedé estupefacto, totalmente idiotizado de sus palabras. Lentamente me separé de ella y di unos cuantos pasos atrás...
- ¿Irnos? ¿Adónde nos iríamos?
- No lo sé... pero si me amas ¿por qué no irnos, por qué no empezar juntos una nueva vida?
- No puedo...perdóname.
Como era de esperarse, Ignacia enfureció... me miró con rabia, como si en el fondo de su corazón su odio pudo más que su amor. A continuación, me empujó como desahogándose, como si quisiera hacer más que lastimarme.
- ¡No te quiero volver a ver! Está bien ¿no quieres, verdad? ¡Entonces yo me iré sola!
Sus palabras hirientes hicieron que me ponga a llorar cuando ella se fue. Ignacia, la mujer que había amado era ciegamente terca por su decisión absurda, sabía que ella era capaz de irse, pero no sabía si ella sobreviviría a su fatal decisión.
No quiso verme jamás. Los días pasaron y ella no más volvió a reclamar por mí. En la escuela me limitaba a hablarle, pues sabía que me insultaría o se burlaría delante de mis amigos por ser “cobarde”. Por muchas semanas lloré entre mis sábanas, lamentándome por haber tomado mi decisión, convencido de que si le decía que sí, todo hubiera sido diferente. Enflaquecí, y después de muchos meses de depresión, determiné que estaba dañándome a mí mismo, y cambié.
Los años fueron pasando, y en memoria de Ignacia logré muchas cosas: terminé una carrera, compré un departamento con el buen sueldo que gané, más adelante me casé con una buena mujer, y así pasaron diez largos años de mi vida... sin Ignacia.
Mas un día, cuando menos lo esperé, decidí sacar a mi pequeño hijo a conocer la vida que personas paupérrimas tenían, y para ello tuve que subir a una combi, aquellas cual ruta llevan a mi hogar.
- Pasaje, pasaje...
Era una obesa mujer, olía muy mal, tenía el cabello maltratado y su ropa era igual a la del conductor. Mis ojos no podían creer lo que estaba viendo. Fue como si todos estos años de mi vida, la imagen que tenía de esa persona era partida en dos, y cambiada por lo que estaba viendo en esos instantes.
- ¿Ignacia?
Casi me da un ataque cardiaco. La bella Ignacia que conocí hace muchísimos años... ¿una cobradora de combi?
Ignacia respondió a su nombre, me miró como si tratase de reconocerme y al lograrlo bajó la mirada.
- Pasaje...
Volví a preguntar su nombre, y pese a mis fallidos intentos, en uno de ellos me miró fijamente.
- Pero... ¿qué haces aquí?
- ¿Eres el Mario Arlequín?
- Sí.
Vi su gesto vulgar, le faltaba un diente, su tosquedad al darme una palmadita en la espalda me hizo asustar.
- ¡Qué bien que estás! Eres más guapo, más elegante me supongo.
- ¿Cómo te va en la vida, Ignacia?
- Ah... ya me ves. El de adelante (refiriéndose al conductor) es mi esposo. Ahora soy Doña Ignacia, ¡jajaja! ¿Y qué fue de tu vida... te han tratado bien?
- Pues sí... no me puedo quejar. Hace muchos años que no te veía.
- Claro... es que me fui de esa casa de mier..., y poco después conocí al Quique, que a los dos o tres meses me embaracé, y ya me ves.
Sentí una profunda lástima por ella... pensar que antes ella era adinerada, y terminar siendo una “pobre diabla”, sin “un perro quien le ladre” como dice ahora.
Ya por finalizar nuestro viaje a casa, Ignacia me dio su número de teléfono y su dirección. Jamás la volví a llamar... no volví a pensar más en ella.
Mi mente la había dibujado como una hermosa mujer, más joven, con una profesión y un buen destino por delante... imaginármela ahora con tres hijos y obesa, era difícil de superar... y muy doloroso.
Entonces tomé a mi hijo de la mano y caminé horrorizado a casa.
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