Doña Ignacia y su destino

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Ignacia: joven y bonita, de buen cuerpo –muy agraciada- tenía un defecto en especial: era infeliz. Teníamos tres años, dos meses y dos días, recuerdo que apenas éramos dos chiquillos incipientes de la vida dura, aún pensando en qué carrera íbamos a tomar con mucha inseguridad, desistiendo a las áreas más odiosas de nuestras vidas. Ignacia: 17 años, decidida, atrevida, inteligente. Yo: Mario Arlequín, deseoso de aventurar como ella, de tener la experiencia que ella tenía en ese entonces... a veces envidiaba su vida, sus padres, su buen trato con la sociedad... pero ella detestaba esa vida. Un día escuché algo que no deseé escuchar jamás... algo que hubiera querido que no pasara nunca... Estando yo con ella, sentados en la orilla del mar, Ignacia me toma de la mano, y luego de un beso apasionado me dice: - Tenemos ya tres años... es increíble. - Así es... y no me arrepiento de nada. - Sin embargo... Ignacia se puso de pie, y dándome la espalda continuó: - No soporto mi vida sin ti, Mario...

Empezar a ser feliz

Hace dos años de mi vida (y hasta hace un par de minutos) tenía la necesidad de gritar exahustivamente, de ponerle un alto a lo que sentía respecto a mi depresión. En realidad, iba a llamar este post Dos años de depresión pero, dado que intentaré manejar mi crisis existencial, intenté darle un arcoiris a mi comienzo. Hace mucho tiempo que no me atrevía a escribir algo, era como si temiera el qué dirán de las personas...siempre (y creo, como todo escritor) se me venían a la mente escenas para hacer algún proyecto de novela...pero ese monstruo no me dejaba. Ese monstruo que poco a poco iba tejiendo una telaraña de dudas, de incertidumbres, de malicias. Durante esos dos años dejé de escribir, de reír, de gritar sin ningún motivo, de VIVIR. Y por si fuera el colmo, durante esos dos años hice y pasé las mejores cosas de mi vida entonces ¿por qué sufrí tanto? Porque simplemente no me di cuenta de lo que tenía en frente. En el transcurso de esos años maravillosos encontré al hombre que amo, tuve amigos que nunca imaginé tener, viví momentos que siempre quise tener, pero el monstruo me vendó los ojos una vez más, y dejé de recrear esa idiosincrasia colorida, cambiándola por una llena de preguntas... ¿Qué hago aquí? ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué destino o misión tengo en esta vida? Dejé de escribir novelas, dejé de escuchar música, dejé mi vida por un momento y viví la de una persona infeliz. Claro que tuve altibajos, unos muy fuertes que me arrastraron a esa cruda realidad. Para tratar de calmar este sufrimiento recurrí a playas, amigos (consejos insensatos), llantos, quejas, desahogos tontos en cuadernos antiguos... pero para empezar a ser feliz necesité algo más que eso: necesité mi propia voluntad. Como dice el gran Séneca
Para saber algo no basta con haberlo aprendido, si no también haberlo aplicado
necesité un día con esa persona maravillosa que me enseñó a ser pasiva (no hay que pedir tanto, mi carácter es imperativo). Necesité un día con muchas personas cerca de mí, necesité amigos, necesité calor humano aquel que cuando niños solíamos llamar madre, pero que de grandes llamamos gente que nos ama de verdad, que nos importa... Sin saber qué cosa ocurrirá en las próximas horas, debo decir que hoy empiezo a ser feliz... que hoy Me declaro viva, como decía Chamalú, indio quechua. Hoy me siento bien, y estoy dispuesta a luchar por mi felicidad. Aquella que no se construye sola, aquella que para alcanzarla tenemos que perseguirla, y si para ello debo caer de nuevo, ya sabré como levantarme: leyendo este post.

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