HACE VEINTINUEVE AÑOS:
- ¡Rosaura! ¡Rosaura de la vida! ¿A qué hora piensa usted levantase, si ya es hora de ir a misa?- dijo Felicita: madre de Rosaura, mi madre.
- ¡Ya desperté!
- Ya están hecho los panes para que los lleve a la iglesia. ¡Baje rápido, Rosaura de la vida!
Rosaura se apresuró en bajar y llevó los panes corriendo a la iglesia. Por suerte llegó a tiempo, antes que el padre tocase la campana, y alistó la mesa junto con él para el desayuno de gracias, por el santo día de la Melchorita, santa de la colonia del Carmen.
- Ha sido un día magnífico. ¡Adivine quien ha venido a Chincha temprano!
Rosaura miró con astucia a su madre y no acertó en la pregunta.
- Es un extranjero, Rosaura. ¡Es joven igual que usted, y se va a quedar aquí para conocer más la colonia!
- No le creo, má. Me está mintiendo.
- ¡Cierto es lo que he dicho! Es muy guapo, verdad. Yo lo he visto con mis ojos grandes y bien abiertos. Hasta fíjese que hoy van a hacer una fogata para el turista, que dicen que es chileno.
- Pues que sea bienvenido, madrecita. Yo iré más tarde a la procesión de la santita y después regreso a casa. No me interesan los turistas.
- Pues diga lo que diga, que su padre, que en el infierno ha de estar por mujeriego, dijo un día que no hay mal que por bien no venga, y que usted tiene la belleza de una princesa y puede conquistar a su hombre cuando se le antoje.
- Soy yo joven para pensar en hombre alguno, má. Además, ¿qué de importante tiene un blanco si yo con uno como yo me contento?
- ¡Ay de usted si lo supiera, Rosaura de la vida! ¿Qué cosas yo daría por tener su edad? Pues sepa, que si usted no va a esa fogata hoy no duerme en casa, y no comerá más en mi mesa.
Rosaura, que tampoco era ingrata, aceptó y dio por terminada esa conversación tan fuera de ella.
Cumpliendo su palabra fue a la fogata, y he ahí donde mucha gente se amontonó para contemplar a ese muchacho, que en su homenaje hicieron bailes y bebieron vino. El muchacho, que al parecer Rosaura no era de importarle, respondía al nombre de Ignacio, y al ver a ella, contagiada por el ritmo que llevaban sus pies, quedó perdidamente enamorado y la sacó a bailar.
Pues digo, que él al conocer la casa de Rosaura, no dejó ni un día de su estadía en verla y en acortejarla, en llevarle tejas en finas cajas de terciopelo y en alagarla con joyas. Su madre, que envidiaba la suerte de Rosaura, obligaba a ella a salir bien vestida a dar paseos con el joven Ignacio, y hasta un día en dejarlos solos en casa para ver que pasaba. Pero él, que de caballero tenía hasta la armadura, no le hizo nada a Rosaura, sólo hasta que ella lo dijera.
Pero al pasar ya las cuatro semanas de vacaciones en el Carmen, Ignacio tuvo que partir a Chile, dejándole la promesa a Rosaura – que ella ya lo miraba a los ojos con ternura a Ignacio- que volvería y que sería pronto. Y fue así, que dicho y hecho, Ignacio vino un día con todas sus pertenencias a Chincha, y ni bien llegó besó apasionadamente a Rosaura, y le mostró un anillo con una piedra inmensa por dije; y se lo puso en el dedo. Ella aceptó alegremente, pues en el tiempo que transcurrió ella lo necesitó más que nunca, y se enamoró de él, esperando con ansias ese día.
Antes de casarse Ignacio llevó a Rosaura a Chile a casa de sus padres, y, al verla, echaron un grito al cielo, pues el color que ella tenía por piel era escandaloso y, como ninguna escuela había pasado por la vida de la pobre Rosaura, no tenía educación alguna, y fue por ende que su comportamiento en la mesa no fue lo esperado para los padres de Ignacio. Mas él, sin dejarse intimidar por las amenazas de su padre, renunció no a su amor por Rosaura, si no a sus negocios extraordinarios en Chile, y fue con la cabeza altiva, empezando de una vez por todas la nueva vida que les esperaba.
Por suerte, el matrimonio ya estaba costeado, y una casa había comprado en la capital, y lo único que faltaba era traer a la señora Felicita a Lima sin que le de un ataque de nervios por el ruido del tráfico. Pero ella ya acostumbrada debería estar, por que no desaprovechó la oportunidad y más rápido que inmediato se fue con la nueva pareja, y casáronse entonces un día antes de partir a Lima, no sin antes despedirse de su querida gente, y de su santita la Melchorita.
Pues digo también, que al mes siguiente de su matrimonio ya consumido, Rosaura sentía un no sé qué en su cuerpo que la obligaba a renunciar a las comidas más deliciosas, y por la preocupación extremada de Ignacio, y las sospechas de Felicita, fuéronse al hospital, donde los dos (Ignacio y nuera) se llevaron la grata noticia que Rosaura iba a tener una criaturita, que ni bien llegase iba a ser bendecida; por que Rosaura había conseguido un poco de dinero en vender sus productos de belleza a sus amigas, y era el ahorro que tenía en los que se gastaron los meses siguientes en comprar cosas para el bebé.
Y los meses siguieron pasando, y un día, mientras que Rosaura dormía, sintió que un líquido corrió por sus piernas, y sin sentir ningún dolor se despreocupó. Pero al ver la señora Felicita tal desgracia, despertó a Ignacio y le dijo que Rosaura tenía parto seco, y que hoy iba a nacer su criatura. Por lo que Rosaura, muy preocupada por el párvulo, ayudó a sacar al niño lo más pronto posible para que no le suceda nada, y así nació una linda niña, que por nombre ya tenía antes de nacer, y que era Claudia, llamada así por Ignacio, por que su madre así se llamaba.
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