Doña Ignacia y su destino

Imagen
Ignacia: joven y bonita, de buen cuerpo –muy agraciada- tenía un defecto en especial: era infeliz. Teníamos tres años, dos meses y dos días, recuerdo que apenas éramos dos chiquillos incipientes de la vida dura, aún pensando en qué carrera íbamos a tomar con mucha inseguridad, desistiendo a las áreas más odiosas de nuestras vidas. Ignacia: 17 años, decidida, atrevida, inteligente. Yo: Mario Arlequín, deseoso de aventurar como ella, de tener la experiencia que ella tenía en ese entonces... a veces envidiaba su vida, sus padres, su buen trato con la sociedad... pero ella detestaba esa vida. Un día escuché algo que no deseé escuchar jamás... algo que hubiera querido que no pasara nunca... Estando yo con ella, sentados en la orilla del mar, Ignacia me toma de la mano, y luego de un beso apasionado me dice: - Tenemos ya tres años... es increíble. - Así es... y no me arrepiento de nada. - Sin embargo... Ignacia se puso de pie, y dándome la espalda continuó: - No soporto mi vida sin ti, Mario...

El día que nos amamos II


***

"No es amor un fuego que se pueda ocultar en el alma, el que lo siente lo descubre en su voz, en sus ojos y hasta en el silencio" - Jean Baptiste Racine


Tu sombra me persigue. ¿Cómo? sé que lo sabes. Aún observo tus fotos, sigo tu recuerdo en mi memoria, y me produce una sensación terrible, que deja tu ausencia.
…Lo primero que entregué, fue la mirada.
El calor de tus manos pasando por mi cuerpo, esa sensación de placer, calor, ardor, entrega, el que un día decidimos consumir por el simple hecho de estar anonadados uno con el otro.
Entregué la mirada antes de entregar el cuerpo.

… los ojos son las ventanas del alma…

En ellos, había pureza y anhelo, el compromiso de quedarme contigo toda la vida.
Recuerdo que planeamos esto varias veces, y nuestros intentos fueron en frustros… hasta que el tiempo nos dio la razón.

…Y sucedió, en medio de la oscuridad, en donde imperaban las velas para poder apreciarnos en el silencio, la música que acompañaba nuestra timidez. Me acerqué lentamente a ti, con el babydoll turqueza también virgen, tú me acariciaste, me depositaste lentamente en la cama, me besaste, me contemplaste…. Yo me moría de miedo, sabía que iba a doler…
Ah, te siento adentro… Una sensación de ardor con placer, delicioso, doloroso… excitante, temeroso.

Desde entonces hicimos el amor…

Hoy te recuerdo y me siento sola, siento frío, Quizás ahora es en vano decirte eso porque ya no obtendré el mismo abrazo que antes nos daba calor. Ese beso enamorado después de nuestra primera noche, ese “ahora eres mío” no volverá a repetirse en otra persona, porque desde ese día fui diferente. Lo primero que entregué fue la mirada, y mi ilusión de ser la reina de tu vida, de casarnos, de tener hijos, de que nuestro ángel algún día llegase como esa primera vez al sentirnos. Desde ese día me enamoré más de ti, y su causa fue tan noble que el tiempo permitió que hubieran más encuentros cálidos, haciéndonos el amor a cualquier ritmo, de cualquier forma… aprendimos el uno al otro, nos perfeccionamos para enamorarnos.

…lo primero que entregué, fue la mirada.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Empezar a ser feliz

Ojo por ojo...

Prosas Directas