Doña Ignacia y su destino

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Ignacia: joven y bonita, de buen cuerpo –muy agraciada- tenía un defecto en especial: era infeliz. Teníamos tres años, dos meses y dos días, recuerdo que apenas éramos dos chiquillos incipientes de la vida dura, aún pensando en qué carrera íbamos a tomar con mucha inseguridad, desistiendo a las áreas más odiosas de nuestras vidas. Ignacia: 17 años, decidida, atrevida, inteligente. Yo: Mario Arlequín, deseoso de aventurar como ella, de tener la experiencia que ella tenía en ese entonces... a veces envidiaba su vida, sus padres, su buen trato con la sociedad... pero ella detestaba esa vida. Un día escuché algo que no deseé escuchar jamás... algo que hubiera querido que no pasara nunca... Estando yo con ella, sentados en la orilla del mar, Ignacia me toma de la mano, y luego de un beso apasionado me dice: - Tenemos ya tres años... es increíble. - Así es... y no me arrepiento de nada. - Sin embargo... Ignacia se puso de pie, y dándome la espalda continuó: - No soporto mi vida sin ti, Mario...

APEGO

Esa mañana desperté, con el corazón roto, los ojos inflamados… la soledad abrumadora. En la oscuridad, la depresión me hizo llorar de nuevo, como si acaso no bastara que mis ojos hayan explotado un día antes, durante horas… hasta que el alma duela y la cabeza no pueda más.
Con la puerta cerrada, me senté en la cama, el aire se sentía pesado…me faltaba algo, me sentía incompleta, como si mi cuerpo sólo tuviera la parte derecha, la otra no funcionaba más.
Un día antes, una discusión rompió el silencio que nos consumía lentamente… aquello que reprimimos, aquello que callamos para evitar malos momentos, salió a flote. Evidentemente ninguno pudo controlar el impulso, y optamos por la separación.
Fue duro, fue rápido. Dijimos cosas dolorosas y finalmente cortamos el teléfono –sí, por teléfono-.
Me bloqueó de sus redes sociales, y yo seguí el juego por orgullosa.

Pero horas después el efecto pasó, y el frío, la soledad, los recuerdos, hicieron de mí algo sensible… lo llamé, con miedo de perderlo, con temor de verlo con alguien más… con el amor que me queda. Lo llamé porque extrañaba sus besos, su voz, su sonrisa, su compañía. Evidentemente él se mostraba indiferente, haciéndose al interesante.. Pero supe que en el fondo sentía dolor.

¿Puedo abrazarte? - le dije, y no pude evitar llorar.
Su suspiro fue largo, su silencio tétrico.
- Puedes, sí.- dijo con esa temblorosa voz de antaño.
Entonces ligeramente abracé el teléfono, lo pegué a mi corazón, lloré silenciosa, y le agradecí por ese abrazo, por ese beso, por esa manera de haber acomodado mi cabello y secar mis lágrimas. Cerré los ojos y lo dejé ir.
Porque el día que me hizo suya le susurré: Ahora eres mío...
Pero en el amor, el que es más fuerte debe ceder para no hacer daño.

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